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La estadía en La Ceiba puede ser prolongada, puesto que cuando el viajero llega al lugar entra como en una especie de hechizo, del cual francamente no quiere despertar.

El servicio, su gente amable y las comodidades que tiene la playa son inigualables, y hacen que el permanecer en la cercanía del mar se convierta en una inigualable experiencia.

La flora y las variedades fruteras de árboles cuyo fruto una delicia al paladar, hacen que el turista se sienta en el mismísimo paraíso.

Aún en nuestros días sobreviven sus comidas, su espiritualidad, cargada de penas y alegrías. Las mujeres continúan jugando un papel fundamental en la comunidad y a veces se encargan de las tareas más duras del hogar y llevan sobre sus cabezas las cargas más pesadas.

Los garífunas constituyen el 10 por ciento de la población de Honduras y desarrollan una economía de subsistencia, basada en la pesca y la agricultura, fundamentalmente.

El trabajo de la tierra se hace de forma muy artesanal con el uso del machete y la pala. No conocen la tracción animal y cuando le hablan de ese tema lo rechazan de plano porque temen, con cierta razón, por la erosión de sus suelos que están considerados como unos de los más fértiles del país.

Algunos moradores usan la energía eléctrica, con el empleo de plantas generadoras y el kerosén para la conservación de los alimentos.

Los viajes de 3 a 7 días exigen algún conocimiento de vivir en el desierto sin agua o electricidad; y se puede llegar desde La Ceiba o Tegucigalpa.

Y si lo que quiere es mojarse, los nativos ofrecen viajes guiados de un día en kayak y botes, según su nivel de habilidad, en el famoso Río Cangrejal.

No es difícil hacer una caminata de una hora, de regreso a las cercanas cataratas de El Bejuco – una espectacular cascada que cae a cientos de pies sobre una empinada pared de granito.

Sin embargo, los arrecifes vienen siendo destruidos en todas partes del mundo.